En el mar la vida no siempre fue tan sabrosa. Conoce la increíble historia detrás de tu bikini favorito, te sorprenderá.

Imaginar un mundo sin la posibilidad de broncearse en un bikini es prácticamente imposible. Todas tenemos en nuestro clóset, por lo menos, uno que usamos cada verano o cuando tenemos oportunidad de ir a la playa. Pero, aunque resulte increíble, hace poco más de 70 años el bikini no existía.

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A principios del siglo XX, pocas décadas antes de su creación, en 1946, las mujeres debían vestir prendas incómodas de lana o franela, enormes, pesadas y poco prácticas, que incluían calcetines, para poder meterse al agua (porque nada grita ¡a nadar! como un par de calcetines calientitos). Todo un reto para la mujer que no sólo quería broncearse, sino mantenerse básicamente a flote. Mostrar un poco de piel era un sueño imposible que podían imaginar sólo mujeres “indecentes” que corrían el riesgo de terminar en la cárcel por “enseñar de más”.

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Es por eso que alguna vez Olivier Saillard, un historiador de la moda francesa, dijo que “la emancipación de los trajes de baño siempre ha estado ligada a la emancipación de las mujeres”. La historia del bikini no es sólo su historia, sino la de cómo nosotras, o nuestras abuelas, se apropiaron del derecho sobre su propio cuerpo. El bikini se impuso gracias “al poder de las mujeres, y no al poder de la moda”.

Pero el recorrido histórico del bikini inició en la antigüedad, según los mosaicos del año 300 A.C. encontrados en la Villa Romana del Casale en Sicilia, que muestran a mujeres en bikini ejercitándose.

Por supuesto que de esa época hasta el 5 de julio de 1946, cuando el ingeniero automovilístico Louis Réard —quien había heredado el negocio de lencería de su madre— presentó su controversial propuesta de traje de baño conformada por cuatro triangulitos, no pasó mucho. Si acaso, en 1907, la nadadora Australiana y actriz Annette Kellerman fue arrestada en una playa de Boston por vestir una suerte de leotardo de lana sin mangas, que la cubría del cuello hasta la punta de los dedos del pie. La razón del arresto fue que estaba demasiado entallado y revelaba su figura curvilínea.

Annette Kellerman

Después de eso, los trajes de baño se fueron encogiendo poco a poco hasta llegar, incluso, a las dos piezas, pero nunca revelando más piel de la que las ligas de la decencia podían aguantar. Los primeros, después de aquellos camisones pesados, eran juegos de playeras y bermudas semiajustadas que llegaban hasta las rodillas y que después se fueron reduciendo hasta convertirse en diminutos shorts.

Y entonces llegó el bikini, nombrado así por el atolón Bikini, lugar donde poco antes de la presentación de Réard había ocurrido la primera prueba de bomba atómica en el mundo. Su creador creía que el impacto de su propuesta iba a ser tan potente como el de una bomba. Y no estaba equivocado.

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El escandaloso traje de baño fue criticado y prohibido. Enseñaba el ombligo, y eso, en aquella época, era de muy mal gusto. Pero entonces, durante el Festival de Cannes de 1953, Brigitte Bardot fue fotografiada bronceándose con un bikini, y su popularidad explotó.

En contra de mucha resistencia, en 1962 el bikini se consolidó definitivamente en la cultura popular gracias a la primera película de James Bond, Dr. No, en la que la actriz Ursula Andress sale del agua vistiendo un bikini blanco. La escena es tan emblemática que es conocida como el momento top del bikini en la historia del cine.

Ursula Andress

Después de eso fue cosa común ver a mujeres bañándose en diminutos trajes de baño de dos piezas, tan diminutos que para la primera década del siglo XXI ya se hablaban de microkinis.

Y aunque ahora no es raro encontrar en nuestras tiendas favoritas trajes de baño con diseños vintage que cubren mucho más que un bikini estándar, lo cierto es que tenemos la libertad de elegir con qué prenda nos vamos a meter a nadar, así sea un camisón de lana o un microkini de nylon.

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